El estrés y la piel

Cuando estamos tristes o estresados, nuestra piel parece estar menos lustrosa, más áspera, deshidratada y con menos color del habitual. Sin embargo, si nos sentimos bien, nuestra tez parece encontrarse en perfecta armonía. Esto evidencia la relación tan reveladora que existe entre piel y emociones.

Con cerca de 2 metros de largo y más de 5 kilos, la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo. Y es un libro abierto sobre el estado de ánimo y los problemas de salud. Por eso, cualquier sensación negativa intensa puede hacerse visible a través de ella.

EL ESTRÉS Y LA PIEL

Alergias, picores, aspereza, palidez, enrojecimiento, ronchas, sequedad, agrietamiento, heridas, cambios de pigmentación, sudor, deshidratación… Son muestras difíciles de ocultar y algunos de los cambios que pueden aparecer en la piel que carecen de desencadenante fisiológico. Pueden ser alteraciones psicosomáticas cuyo origen es psicológico y de raíz emocional.

Piel y emociones están íntimamente relacionadas. La piel a veces expresa lo que en el fondo silenciamos.

Cuando sentimos vergüenza, se nos ponen las mejillas rojas. Si tenemos miedo, un tono pálido nos invade. Cuando estamos enamorados, se nos ilumina la cara. Si algo nos estremece, se nos eriza la piel. Son muchos los casos en los que pequeños cambios en la piel nos muestran cómo nos encontramos.

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